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MIS ABUELOS

  • Posted on: 31 July 2015
  • By: Pedro L. Ríos

El día comenzaba con mamá Laura, mi querida abuela, encendiendo el fogón que estaba ubicado en la cocina de nuestro humilde hogar. Se remontan mis mejores recuerdos a un pasado lleno de necesidades básicas que por ser un niño no me daba cuenta.  Solo recuerdo el amor de mis queridos abuelos y los cuentos que papá Pedro me hacía.

Todavía me parece percibir el aroma del café que mi abuela Laura colaba en la mañana.  No era tarea fácil.  Colocaba el carbón que se compraba por saco a un pregonero que pasaba frente a nuestro hogar.  Lo roseaba con gas querosén, lo encendía, para luego colar el café.   Mi abuelo Pedro se lo tomaba en un coco que era exclusivo y nadie más podía usar.

Mamá Laura… mujer de tez trigueña y un cutis lozano a pesar de su edad.  Su cabellera blanca recogida  en moño, la hacían  ver frágil al mirarla.  Jamás  se podía  imaginar uno la energía que ocultaba aquella mujer.  __Hay que aprovechar el tiempo, solía decir, mientras continuaba con las muchas tareas del día.   En aquel  mismo carbón que ya estaba al rojo vivo colocaba su cacerola  favorita de porcelana para ablandar los granos del día.  El café se tostaba en una olla grande de hierro con mucha precaución que no se quemara para finalmente pasarlo por el molinillo de mano.

En las tardes, la tarea era lavar la ropa y plancharla.  Esto de por si era una tarea agotadora ya que la plancha era hecha de  hierro que calentaba a base de carbón.  La ropa se almidonaba antes de ser planchada y esos filos quedaban como decía mamá Laura  “que cortaban.”

Papá Pedro, hombre de estatura promedio, tez blanca… no había perdido ni un pelo de su frondosa cabellera, aunque con los años ya estaba completamente blanca.  Sentado en su mecedora de madera y mimbre, se remontaba a los años cuando él era obrero de la caña.  Con mucha nostalgia me contaba que las ruedas de las carretas al pasar por la carretera eran su despertador ya que su construcción de madera cubierta de metal no pasaba desapercibidas.  Eran los primeros en empezar la labor del día.  Las carreteros  tenían  que buscar los bueyes para enyugarlos y pegar las carretas, tarea que comenzaba antes de salir el sol.  Su ropa de trabajo  era: camisa de manga larga, pantalón que se amarraban al tobillo con unos bejucos que sacaban de la mata de guineo y llamaban hollejo.  Esto era  para protegerse de los alacranes y otras sabandijas.  No podía faltar la pava y mucho menos el machete y una lima  para mantener su herramienta principal  bien amolá. Papá Pedro inclinó su cabeza hacia atrás y recordando el jornal de hambre por lo que tenía que trabajar, $15.00 a $18.00 dólares por semana  era poco, pero estaba agradecido pues no pasábamos hambre.

Descansando sus manos sobre mis hombros dice: __ Hijo, para otros en la caña la paga era peor.  Estaban los llamados “almuerceros, coleros y pinches.  El almuercero contrataba los almuerzos a los peones por 25¢ o 50¢ por persona.  El colero vendía los mazos de cola de caña a 5¢ o  15¢ a los vecinos para sus reses y tal vez el más importante en un día de sol era el  “pinches” o “aguador,” pues su trabajo  consistía  en andar por todo el corte de caña con una lata de agua y cacharro en mano supliendo agua para mitigar la sed, que al medio día era insoportable.

Mi abuelo con una gran sonrisa en sus labios me dijo: __“Estudia hijo mío,  que la caña es dulce…pero pica.”