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La Cárcel Municipal

  • Posted on: 31 July 2015
  • By: Pedro L. Ríos

Recientemente, al igual que todos los domingos, salí a comprar el periódico y una libra del rico pan de “La Hatillana. Al recorrer el corto tramo, que es la avenida Padre Delgado de nuestro Hatillo del Corazón, anexo a la parte sur de la casa alcaldía, se encuentra un edificio que aunque hoy es de tres niveles originalmente era de uno. Su construcción data del comienzo del siglo pasado. Por aproximadamente varias décadas fue la cárcel municipal del pueblo de Hatillo.

Con el único propósito de informar a la nueva generación de hatillanos y para que nuestra historia nunca se olvide, les voy a hacer un corto relato de esta cárcel municipal. Este edificio, después de cerrar sus operaciones como cárcel, también se usó para oficina del telégrafo y el servicio militar obligatorio del ejército norte americano. Hoy alberga oficinas del gobierno municipal de Hatillo. Mediante mi investigación pude recopilar algunos datos verídicos y hasta un poco jocoso... te los voy a narrar para que siempre recuerdes que hatillo también tuvo una cárcel.

El residente casi permanente de la cárcel fue un humilde hombre que tal vez arrastrado por el vicio del alcohol logró establecer lo que quizás es una marca en arrestos y convicciones en delitos menos graves en Puerto Rico. Conocido por el apodo de “Boro”. No todo fue negativo con él. Ejerció una labor como barrendero de las calles de nuestro pueblo con una excelencia envidiable. Entre las muchas historias que se le adjudican a nuestro personaje, se dice, que en ocasiones pasaba por la residencia de “Dona Ángela”, que era la persona a cargo de suplir los almuerzos a los reos, y le preguntaba cual era el menú del día. Si le gustaba, se iba y cometía alguna falta para que lo arrestaran y de esta forma obtenía su comida por dos o tres días. Cuentan que en una ocasión, mientras se le celebraba un juicio, a modo de protesta le inquirió al juez, __ ¿Cual es la pena por mentarle la madre a un juez? Su señoría le contesto. __ ¡¡Seis meses!! Usted lo adivinó, seis meses más al pobre “Boro”.

La cárcel municipal era lo que hoy conocemos como una de mínima seguridad. Tan es así, que a los presos de mayor confianza les permitían salir durante el día a hacer una que otra gestión personal. Un reo en una ocasión aprovechó ese privilegio. Se fue a jugar billar a un negocio cercano y le rompió el paño a la mesa de juego. El dueño del establecimiento inmediatamente lo acusó ante las autoridades. Fueron a juicio y en su defensa el reo argumento que como era posible que el rompiera el paño si se encontraba cumpliendo sentencia en la cárcel. Lógicamente en esa ocasión el hombre salió inocente.

Estuvieron a cargo de la seguridad durante algunos años, Miguel Casanova, Flor Cruz, Ramón “Monchito” Padilla, Titín Castro y otros que no me pudieron identificar. Como dato curioso, al terminar su jornada del día el carcelero aseguraba los portones y puerta principal y se iba a dormir a su casa.

Doña Lola Cruz fue una de las damas que suplía los almuerzos para los presos. Me cuentan, que en la parte de atrás del edificio estaba un área de aproximadamente cincuenta pies con su verja. Se usaba como corral para los animales tales como: caballos, vacas y otros que estuviesen realengos hasta que sus dueños los reclamaran. Tenían que pagar una multa por dicho servicio. La entrada principal era de aproximadamente diez o doce pies de alto. Consistía de un portón de dos hojas en hierro y dos en madera. Su interior estaba dividido en varias celdas grandes y una más pequeña donde ingresaban los presos con problemas mentales.

Para dar por terminado parte de esta historia les voy a contar una anécdota que según el que me lo contó es verídica. Un buen día, la policía arresto al ciudadano José Vélez. Lo acusaron de sacar ron caña. Le confiscaron su alambique, unos galones del delicioso líquido y hasta un bastón de madera que Don José le tenía por nombre “Macutón”. En aquellos tiempos al igual que hoy aplicaban el dicho “El que tiene padrino se bautiza”. Don José estaba emparentado con Don Claudio Vélez un ciudadano muy influyente en aquella época y solamente estuvo un día en la cárcel municipal. Salió libre con su bastón “Macutón”.

El recuento que les narro en mi escrito sobre la cárcel municipal está basado en datos que fueron arrancados de las páginas del recuerdo de hatillanos que vivieron la época. ¡Gracias a todos!