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El RELOJ DE LA IGLESIA

  • Posted on: 26 July 2015
  • By: Pedro L. Ríos

Según el diccionario de la lengua española, el reloj es instrumento para medir el tiempo. En la mayor parte, si no en todos los deportes, este instrumento es indispensable para cronometrar el tiempo que dura un partido, medir la velocidad a un lanzador, los corredores miden su tiempo. En el baloncesto es muy indispensable.
Repasando un libro publicado en el año 1998 de la auditoria del ya fallecido historiador hatillano José J. Martínez me tropecé con un artículo muy simpático y de suma importancia para todos los puertorriqueños, pero muy especial para los hatillanos.
El artículo fue originalmente publicado en el rotativo nacional “El San Juan Star” el 17 de octubre de 1982 por Bernardino Santos. Reproducimos en síntesis este artículo para los lectores de: www.hatillotradicional.org

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Si usted viaja al oeste de la isla a lo largo de la carretera número dos luego de pasar Arecibo, llegará al pequeño pueblo de Hatillo.  Debe usted detenerse en el pueblo y sentarse en un banco de la plaza para refrescarse con la brisa que viene del Atlántico que está muy cerca del poblado, tan cerca que algunas veces sus aguas inundan la calle marginal.

Debe usted mirar a su alrededor y fijar su vista en la iglesia y el reloj de su torre.  Quítese el sombrero ante el reloj, o si no tiene sombrero haga una reverencia porque dicho reloj es una venerable y vieja reliquia.

San Juan tenía cien años cuando los peregrinos desembarcaron en Plymouth Rock.  Para ese tiempo un reloj de una esfera y dos campanas de bronce fue comprado en Europa e instalado en la casa Alcaldía donde por muchos, muchos años, le marcó las horas a los sanjuaneros.

Eventualmente los mandatarios municipales pensaron que necesitaban un mejor reloj (con tres esferas) y a su debido tiempo el viejo reloj, campanas y demás enseres fueron colocados en un almacén.

Mucho después, los funcionarios del municipio de Arecibo creyeron que necesitaban un reloj, pero ya que ellos no podían adquirir uno nuevo y al saber del que había sido descartado en San Juan, compraron aquel.  Ahora el viejo reloj marcaría las horas para los arecibeños.

Años después, Arecibo desechó el viejo reloj y compró uno nuevo, con nuevas campanas.   Nuevamente el pobre y viejo reloj y sus campanas fueron a parar a la covacha de los trastos inútiles.

Entonces aparecí yo en el panorama.  Fue allá para el año 1922 cuando me fue otorgado un contrato para la construcción de una planta eléctrica para el pueblo de Hatillo, donde usted ahora está sentado.

Para ese tiempo el pueblo era bien pobre con menos de 1,000 habitantes.  La gente se suplía del agua de lluvia recogida de sus techos mediante aljibes y del pozo manejado a mano existente en la plaza de recreo; no había entonces ni acueducto ni energía eléctrica.  Pero la gente del pueblo había construido una buena iglesia de mampostería con una apertura redonda para un reloj.  Sabiendo del reloj desechado en Arecibo, pensaron en adquirirlo.  Pidieron mi ayuda y fuimos a ver al Alcalde de Arecibo.  El nos dijo que Arecibo cedería gustosamente el reloj a Hatillo pero como estaba inventariado en $300.00 dólares; tenía que ser vendido.

Era cuestionable si el dinero del pueblo aun estando disponible, podía usarse para la compra de un reloj para la iglesia, por lo que el pueblo se dio a la tarea de levantar el dinero mediante bailes y rifas y pidiendo donaciones. Finalmente volvimos a ver al Alcalde de Arecibo con el dinero esperando regresar con el reloj.  Pero entonces el Alcalde nos dijo que el asunto tenía que ir subasta y que luego de ella podíamos llevarnos el reloj.  Eso significaba una larga demora y ya para entonces yo no iba a estar disponible.  Pero el Alcalde tuvo una brillante idea: El podría darme el reloj inmediatamente para su limpieza y reparación, luego de yo firmarle un recibo.   Instalé el reloj y volvió a marcar las horas, esta ves para los hatillanos.

A su debido tiempo llegó la fecha de la subasta y fui a Arecibo donde alargué un sobre al señor Presidente de la Junta, conteniendo $300.00 dólares.  No obstante, otra persona entregó un sobre con $325.00.  El postor aludido dijo que solo interesaba las campanas, ya que tenía un contrato para construir una casa Alcaldía en otro pueblo y las campanas le venían a la mano para el reloj que tenía que suplir al edificio.
 
Todo el mundo quedó sorprendido, pero el señor Alcalde dijo que la ley tenía que ser obedecida y que el reloj tenía que adjudicarse al mejor postor y que yo tenía que devolver el reloj.  Cuando los hatillanos supieron que tenía que ser devuelto y que no iba a estar al mismo nivel de los pueblos cercanos más grandes, se sintieron descorazonados.

Yo esperé mucho tiempo para ver si las cosas se arreglaban, pero sin provecho.  El abogado de Arecibo, me presionó varias veces para la devolución del reloj, amenazándome finalmente con llevarme a la corte mediante una demanda civil y un caso criminal por poseer ilegalmente propiedad del pueblo.

Sucedía, que el secretario Municipal de Hatillo, don Pedro J. Navas era un hombre muy astuto y por consiguiente encontró una solución feliz.  Él me dijo que la próxima vez que el abogado viniera le dijera que el reloj estaba totalmente reparado y que de hecho había sido probado, por lo que las reparaciones costaban $400.00; que tan pronto yo recibiera el pago devolvería el reloj.  Luego de contarle esto al abogado, no supe más de él.