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PH Hernández

  • Posted on: 23 July 2015
  • By: Pedro L. Ríos

Era el año 1892, seis años previo a la invasión norte americana a nuestra patria. La población del pueblo de Hatillo fluctuaba entre las nueve mil almas, según los datos adquiridos de libros y revista de la época e información suplida por personas versadas en la historia de nuestro pueblo. En la calle Vidal Félix #115, anexo al antiguo local de la Cooperativa de Ahorro y Crédito (en una choza cubierta de paja) es donde nace de un humilde matrimonio, el que un día sería reconocido como el poeta de todos los poetas de su generación. En la pila del bautismo recibe el nombre de José Polonio Hernández Hernánd

Su madre, Doña Ricarda, era una mujer religiosa dedicada a las necesidades de su hijo y del hogar. Por otra parte Don José, ambos de apellido Hernández, sin ningún parentesco, era un hombre de poco espíritu y deseos de triunfar. Trabajaba de sobrestante en la compañía del ferrocarril cuando lo necesitaban. El hogar siempre atravesaba por necesidades económicas.

En el 1899 el niño José P.H. Hernández empieza su educación escolar e inmediatamente se destaca entre todos los compañeros de su clase. Se distinguía por su carisma, agilidad mental y sobre todo por su pulcritud. Siempre estaba con su escasa ropa limpia y bien planchada. Se cuenta que cuando joven era un gran nadador. Pasaba las horas mar adentro hasta que su figura no se alcanzaba a ver desde la orilla. Era amante de la naturaleza. El mar, el cielo y el campo eran su evocación. Cuando era adolescente frecuentaba la iglesia metodista donde hallaba la fe en los conmovedores capítulos de “Job”. Esos fueron los principios religiosos que luego se reflejaron en los más bellos poemas místicos que se hayan escrito en nuestra patria. Por su carisma y don de buena educación las amistades lo invitaban a su mesa ya que la situación en su hogar no mejoraba en lo más mínimo.

Lo inicia en la música cuando cursaba el séptimo grado, Don Antonio David, junto al profesor Manuel H. La comba. En su adolescencia comienzan sus inquietudes literarias influenciado por su tío Pedro Pablo Vargas, un bohemio incorregible que escribió unos versos admirables para la posteridad.

Según la historia en el año 1906, Liborio Milián, cornetísta principal de la banda de la Policía Insular, y Parrilla, también miembro de la banda, llegaron al pueblo de Hatillo para supervisar las elecciones como miembros de la guardia insular en el momento preciso que la banda municipal dirigida por Manolo La comba ejecutaba una selección para orquesta. Los músicos fueron presentados a los forasteros. Estos se interesan en conocer mejor a un joven adolecente callado, casi huérfano y con pocos meses de estudio musical. “Pepe”, “el benjamín de la orquesta”, Pepe Hernández, ya puede manejar el bombardino con dominio. Don Liborio Milián lo invita a acompañarlos a la capital.

Con la debida autorización de los padres de Peache (como conocían a José PH) Don Liborio acompaña al joven en su primer viaje a San Juan lleno de esperanzas e ilusiones. Termina sus estudios primarios y los de escuela superior. Los hermanos Milián, Tomás, Liborio y Francisco hacen todo lo que pueden para ayudarlo. Don Tomás lo pule en la ejecución del bombardino. Don Liborio se asegura que Peache asista a los ensayos de la banda de la policía. Don Francisco le consigue una beca para estudios, que aún siendo una cantidad limitada de doce dólares, envía la mitad a su madre en Hatillo quien fue abandonado por su padre y estaba pasando por un mal momento de soledad y tristeza. Para compensar en algo sus necesidades económicas se amanece tocando bailes aunque al día siguiente tenía que asistir a sus clases.

Durante unas vacaciones Peache regresa a su pueblo natal para estar con su madre. Coinciden esas vacaciones con el comienzo de sus inspiraciones para escribir sus versos. Su musa fue una joven que acababa de conocer en su pueblo de nombre Carmen Sánchez. Lo inspiró también a sus primeras composiciones musicales. El joven se hace de un mundo lleno de ilusiones y esperanzas. El contaba con la tenaz oposición del padre de la joven, Don Felipe Sánchez Goitia. Para Don Felipe el joven no llenaba los requisitos por ser pobre, de oscuro origen y un futuro incierto. Aun con esos impedimentos Carmen siguió siendo su inspiración y motivación para continuar con sus estudios. Aunque sus sueños eran estudiar medicina, sus recursos eran limitados y decide hacer su carrera en farmacia por estudios libres.

En el año 1912, regresa a Hatillo con su título bajo el brazo, pero para sorpresa suya encuentra que Carmen está lejos. Su padre, Don Felipe, la envió a residir a Ponce. El dolor hace su aparición por vez primera. Dolor que siempre lo acompañaba en su diario vivir. Son preludio a los acontecimientos que han de surgir en su corta existencia.

Peache nunca abandonó el sueño de estudiar medicina. Al no contar con los recursos necesarios comienza a trabajar como farmacéutico y a dar clases de armonía. Se traslada a Ponce con el propósito de conseguir un trabajo bien remunerado y de esta forma tener la oportunidad de estar cerca de Carmen, su primer amor. Aparentemente no fue como él esperaba y rápidamente regresó a su querido Hatillo. Al poco tiempo se encuentra trabajando en una farmacia en el pueblo de Corozal.

Pasa el tiempo y no hay señal de que su romance con Carmen tenga algún futuro y un día solitario y sediento de cariño conoce en la plaza de Hatillo a una bella joven. No sabe quién es, ni siquiera conoce su nombre, pero Hernández queda prendado de su belleza. Alguien le informa que la joven ha llegado a Hatillo a convalecer de una enfermedad de los pulmones. No se sabe cuándo fue la separación ni el tiempo que dieron al romance. La joven muere corroída por la tisis. En alguno de los poemas del poeta se percibe la presencia de la mujer que para los estudiosos de su obra fue su gran amor. De ella solamente se conoce que era de apellido Quintana. Se hará presente en muchas ocasiones en sus diferentes poemas, la figura de ésta fémina.

“Alma mía. En la noche te cruzaste con ella
por la florida senda que a sus pasos le abriste.
Aún queda en la memoria su perfumada huella.
¡Pero ella no existe!

Nuevamente aparece Carmen, se renueva la relación amorosa, pero en esta ocasión su padre les da su consentimiento para que contrajeran matrimonio. Es el año 1914, se da uno de los pocos momentos felices que ha de vivir el ilustre poeta. Para el año 1918 Hernández se encontraba radicado en el pueblo de Rio Grande donde su situación económica había mejorado. Desempeña la función como Regente de la farmacia municipal, de cirujano menor, administra una farmacia del pueblo y además toca algunas noches en el cine de la población.

Llegaron los primeros hijos: Margot, José Adalberto, José Polonio y luego Olga Esterela. En el año 1919 surge una epidemia en su pueblo adoptivo. Por su vocación a la medicina y el deseo de ayudar a los más necesitados se dedica en cuerpo y alma a socorrer a gran parte de la población. Nuevamente la desgracia se asomó en su vida. El hijo que llevaba su nombre, José Polonio, murió el 16 de enero de ese año. Aunque él no tardaría mucho en seguir los pasos de su adorado hijo. En la primavera de 1921 le hicieron el diagnóstico de “tisis”.

Se consideran los años finales de su existencia como los más fructíferos a pesar de su catastrófica enfermedad. Es entonces cuando escribe sus mejores poemas. Hernández tuvo conciencia plena de su enfermedad y fue poeta hasta el último suspiro de su alma. Domingo 2 de abril de 1922 a las once y media de la noche, antes de cumplir 30 años, dejó de existir en el plano terrenal. De haber vivido más tiempo no se sabe cuán extensa sería su obra. No podemos olvidar en este corto recuento sobre la vida de este genio su madrigal más reconocido mundialmente:

A unos ojos astrales

Si Dios un día cegara
toda fuente de luz
el universo se alumbraría
con esos ojos que tienes tú.

Pero si lleno de agrios enojo
por tal blasfemia tus lindos ojos
Dios te arrancase,
para que el mundo con la alborada
de tus pupilas no se alumbrase
aunque quisiera, Dios no podría
tender la noche sobre la nada…
¡Porque aún el mundo se alumbraría
con el recuerdo de tu mirada!

En una entrevista en el año 1992 la señora Ellit V. Zapata de Hernández, esposa del hijo de Peache, José A. “Pirulo” Hernández, asegura que el madrigal A unos ojos astrales fue una inspiración para su esposa “Carmen Sánchez”. Narra además Doña Ellit, que luego de él enfermar sus hijos fueron repartidos entre distintos familiares para que no se contagiaran con su tuberculosis y solamente podían verlo desde la puerta de su casa lejos de él.

Para concluir quiero enfatizar que P.H. Hernández fue un genio, un hombre noble que la muerte prematura le tronchó la oportunidad de ser reconocido como él lo soñaba en vida… un gran poeta.

Que me entierren en un cofre de madera,
nada de trapos, y que lleve modelado en la madera,
la insignia de la poesía.

P.H. Hernández

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Lamentablemente al morir tan joven su obra publicada fue bastante limitada. Dos libros fueron publicados durante su vida. En el 1919 “Cartas de la vereda” y, en el 1921 “El último combate” Presagiando su muerte, que ha de ocurrir en el siguiente año, en este libro se nota la angustia vivida por el poeta cuando escribe:

“Sereno voy, sereno y fuerte
llagado el pecho más desnudo
¡Tendré al hallarme con la muerte,
solo mis llagas por escudo!

Otras cincuenta poesías aparecen únicamente en revistas de la época. Después de su muerte la Editorial Puerto Rico Ilustrado publicó en el año 1925, “Canto de la sierra” con una recopilación de algunos de sus poemas.

El libro más perfecto de Peache llevaba el titulo “El Páramo de los petrales”. Nunca fue publicado. En el 1966, el Instituto de Cultura Puertorriqueña publicó un libro titulado “Obra poética de PH Hernández”. El mismo tiene la mayor recopilación de su obra, con un estudio biográfico de Manuel Siaca Rivera.

Créditos :

Obra poética editada por el Instituto de Cultura Puertorriqueña con estudio biográfico
Por Manuel Siaca Rivera. Hatillo del Corazón, Historia y Paisanaje por José J. Martínez.
Revista PH Hernández, Centenario, de Wilfredo Rodríguez.